El Sentido de la Vida

EL SENTIDO DE LA VIDA 

¿Tiene sentido la vida humana? ¿Cuál es? Aparecemos en el mundo sin que nadie nos haya pedido permiso ni opinión alguna, que, por otra parte no podríamos dar, dada nuestra profunda debilidad e indigencia con las que venimos a él.

Pronto conocemos que nuestra vida es limitada, que ha tenido un principio y tendrá un final cuyo momento desconocemos. A todo esto, en la soledad de nuestra conciencia, nos preguntamos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Quiénes somos? ¿Por qué y para qué existimos? ¿Qué será de mí? ¿Tendré el mismo destino que los animales, que desaparecen de la existencia sin dejar apenas ningún rastro?

Los filósofos de todos los tiempos se han hecho estas mismas o parecidas preguntas que nos hacemos los seres humanos, sin llegar a conclusiones claras, definitivas y válidas para todos. La mayoría de ellos, ante la constatación de su incapacidad, optaron por limitarse a explicar el origen, las características y los fenómenos del mundo en que vivimos.

En todo caso, con la sola luz de la razón natural, lo único que podemos deducir es que, como decía el gran filósofo griego Aristóteles, el ser humano es “un animal racional”, que procede de sus padres por generación, como muchos de los animales que pueblan la tierra, conviven con nosotros y tienen un destino parecido al nuestro: nacer, desarrollarse, reproducirse y morir.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental que nos distingue de todos los demás animales: es la razón, es decir, la inteligencia y comprensión superior de cuanto nos rodea, y que nos proporciona una diferencia esencial con todos ellos. Esa razón, ese conocimiento de sí mismo, de los otros y del propio entorno, se resiste a extinguirse, a volver a la no-existencia de la situación anterior a su llegada al mundo.

Aceptar esa sinrazón de la futura no-existencia, supone aceptar la casualidad como origen propio y del mundo, de la materia y su evolución constante como única realidad, y lo que es más sorprendente, aceptar que el inteligente orden físico del universo, y la perfección de las leyes que rigen el comportamiento de la materia son, además de casuales, es decir, regidas por el azar, algo sustancial, trascendental y permanente, que se prolongará hasta el infinito.

Pero esa actitud repugna profundamente a la inmensa mayoría de los seres humanos, que nos rebelamos a desaparecer en la nada, a no ser, como diría el Príncipe Hamlet de Dinamarca. En la vida corriente, al no llegar a ninguna conclusión válida con nuestra sola razón, los seres humanos nos solemos conformar aparentemente con lo que podríamos llamar sentidos menores, como fundar una familia, tener uno o más hijos o ninguno, escribir uno o más libros, hacer algún importante descubrimiento científico o tecnológico, crear una empresa, alcanzar un cargo relevante en la sociedad, etc. Digo aparentemente, porque a la hora de la verdad, del final de nuestra vida en la tierra, es decir, cuando nos llega la muerte inexorable, esos sentidos menores se revelan absolutamente insuficientes, porque nos encontramos solos ante nosotros mismos y nadie nos acompaña esencialmente en ese trance.

Tengo la convicción de que, el sentido profundo y definitivo de nuestra vida, reside en el grado de satisfacción que nos pueda producir esos llamados “sentidos menores” aunque nos puedan parecer “absolutamente insuficientes” al final de nuestras vidas. 

“Tomar las riendas de vuestras valiosas vidas, de hacerlas únicas, de sonreír a la ilusión, a la creatividad y a la salud. No importa el tiempo que vayamos a vivir; lo verdaderamente importante es tomar la decisión de que queremos lo mejor para nosotros mismos y que lograrlo es una opción”